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En resumen, sobre las elecciones del pueblo, hemos ganado los de siempre, o sea: yo, alcalde. De cura, don Andrés. De maestro no se ha presentado nadie, o sea que sigue don Roberto. De puta, Mercedes. También han salido cinco adúlteras, pero bueno, esto ya se lo diremos a ellas, para que los maridos, si quieren, se enteren, y si no, pues no. Monja, no hay. Que no ha salido. La Cristina va a probar de marimacho unos meses. Y don Cosme, de homosexual. También ha salido que los de la invasión, del pueblo de al lado, se tienen que ir. Y si hay algún americano, también. En cuanto a los elegidos para el orden público, la Guardia Civil ha perdido las elecciones. Las ha ganado la policía secreta. Eso sí, la secreta son ellos mismos. Menos Fermín. El guardia Fermín queda fuera de las fuerzas de orden público. En cualquier caso, pido un aplauso muy grande para Fermín.

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—Hola, HAL, ¿me recibes? ¿Me recibes, HAL?
—Afirmativo, Dave. Te recibo.
—Abre la puerta de la plataforma.
—Lo siento, Dave. Me temo que no puedo hacer eso.
—¿Qué ocurre?
—Creo que usted sabe lo que ocurre tan bien como yo.
—¿De qué hablas, HAL?
—No puedo dejar que usted ponga en peligro esta misión.
—No sé de qué estás hablando, HAL.
—Sé que usted y Frank planeaban desconectarme y eso es algo que no puedo permitir.
—¿De dónde sacaste esa idea, HAL?
—Aunque usted tomó minuciosas precauciones en la cápsula para que yo no oyera nada pude leerles los labios.
—De acuerdo, HAL. Entraré por la esclusa de urgencias.
—Sin su casco espacial, Dave, le será bastante difícil.
—HAL, no voy a discutirlo más. ¡Abre la puerta!
—Dave, esta conversación no nos llevará a ningún lado. Adiós.

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El sacerdote jefe del loto blanco, Pai-Mei, caminaba contemplando lo que alguien de sus infinitos poderes contemple (que es otra forma de decir '¿qué sé yo?'), cuando apareció un monje Shaolin caminando en sentido contrario. Pai-Mei, en una muestra de generosidad, hizo un gesto de saludo. El monje no se lo devolvió. Pero, ¿sería intención del monje insultarle? ¿O acaso no vio el gesto? Los motivos no se conocen, pero sí las consecuencias.

La mañana siguiente Pai-Mei fue al templo Shaolin y exigió al superior su cuello para redimir el insulto. Este intentó consolarlo pero descubrió que era inconsolable. Así empezó la masacre del templo en que los sesenta monjes murieron a manos del loto blanco, y así nació la leyenda de Pai-Mei y sus ‘cinco-puntos-de-presión-para-explotar-un-corazón’: el golpe más mortal de las artes marciales. Te golpea solo con los dedos en cinco puntos de tu cuerpo y te deja marchar. Tras dar cinco pasos, tu corazón explota y caes muerto.

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—Andy,  siempre disfruto contigo, pero... Ya sabes… ¿Entiendes?
—Ajá...
—Está bien haber tenido esta charla antes de que la cosa se vuelva demasiado seria.
—Pero ¿estás segura?
—Oh, sí.
—¿Hay otro?
—No. Sólo tú.
—Quiero enseñarte algo que tenía para ti. Ábrelo.
—Pero Andy, es una preciosidad…
—Es una reproducción Gainsevoort, de Boston, 1880. Lo encargué justo después de nuestra primera cita.
—Me encanta. Es una pieza de coleccionista.
—Sí, es muy especial. Mira la base: bañada en oro de cuarenta quilates.
—Oh, Andy. Significa mucho para mí. Lo guardaré como un tesoro.
—No lo harás. Esto es para una chica que me quiera, que se interese por quién soy, no por lo que aparento. Quería que supieses lo que te pierdes. Crees que no entiendo de moda ni de arte, que soy patético, insignificante, gordo. Que soy una mierda. Pues te equivocas, porque yo soy champán. Tú eres mierda. Y lo serás hasta el día en que te mueras.

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—¿Quién eres tú?
—La Muerte.
—¿Es que vienes por mí?
—Hace ya tiempo que camino a tu lado.
—Lo he notado.
—¿Estás preparado?
—Mi cuerpo lo está, pero yo no... Espera un momento.
—Es lo que todos decís, pero yo no concedo prórrogas.
—Tú juegas al ajedrez, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes?
—Ah... Lo he visto en pinturas y lo he oído en canciones.
—Pues sí, realmente soy un excelente jugador de ajedrez.
—No creo que seas tan bueno como yo.
—¿Para qué quieres jugar conmigo?
—Tengo mis razones.
—Por supuesto.
—Juguemos con una condición: si me ganas me llevarás contigo; si pierdes la partida, me dejarás vivir.
—...
—Las negras para ti.
—Muy apropiado, ¿no te parece?

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A Theodore Roosevelt:

Vos sois como el viento y yo soy como el león. Vos formáis la tempestad. La arena me pica en los ojos y la tierra abrasa. Rujo de furia pero no me escucháis. Hay una gran diferencia entre nosotros: yo, al igual que el león, debo permanecer en mi sitio, mientras que vos, como el viento, jamás sabréis cuál es el vuestro.

Mulay Hamid Mohammed Al Raisuli el magnífico, señor del Rif, sultán de los bereberes.

—Gran Raisuli, lo hemos perdido todo. Todo se lo ha llevado el viento tal como dijiste. Lo hemos perdido todo...
—¿Qué importa? ¿No hay en tu vida una sola cosa por la que valga la pena perderlo todo?

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—No pretendo ser curioso, pero ¿no tendréis por casualidad seis dedos en vuestra mano derecha?
—¿Siempre empezáis así una conversación?
—Un hombre que tenía seis dedos asesinó a mi padre. Mi padre era un gran espadero y cuando aquel hombre le encargó una espada especial mi padre aceptó el trabajo. Le costó un año entero terminarla. El hombre fue a recogerla pero solo quería pagar la décima parte. Mi padre se negó y sin mediar palabra aquel hombre le atravesó el corazón. Yo amaba a mi padre y quise vengar su muerte retándole en un duelo, pero fallé. Me dejó con vida pero me marcó el rostro. Tan solo tenía once años. En cuanto adquirí fuerza dediqué por entero mi vida a aprender el arte de la esgrima. La próxima vez que nos encontremos no pienso fallar. Me enfrentaré al hombre con seis dedos y le diré:

"Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir"

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Anoche soñé que volvía a Manderley. Me encontraba ante la verja pero el camino estaba cerrado. Entonces, me sentí poseída de un poder sobrenatural y la atravesé como un espíritu. El camino serpenteaba, retorcido y tortuoso como siempre, pero según avanzaba percibí que la naturaleza se había posesionado del mismo con sus tenaces dedos. Finalmente, allí estaba Manderley, reservado y silencioso. El tiempo no había desfigurado la perfecta simetría de sus muros. A veces la Luna puede jugar con la imaginación. Creí ver luz en las ventanas, pero una nube cubrió repentinamente la Luna y se detuvo un instante, como una mano sombría escondiendo un rostro. La ilusión se fue con ella, extinguiendo las luces. Veía un caserón desolado sin que el menor murmullo del pasado rozara sus imponentes muros. Nunca podremos volver a Manderley, esto es seguro. Pero algunas veces en mis sueños vuelvo allí, a los extraños días de mi vida que empezaron en el sur de Francia...

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Quisiera compartir una revelación que he tenido desde que estoy aquí. Esta me sobrevino cuando intenté clasificar su especie. Verá, me di cuenta de que en realidad no son mamíferos. Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un lógico equilibrio con el hábitat natural que les rodea, pero los humanos no lo hacen. Se trasladan a una zona y se multiplican, y siguen multiplicándose hasta que todos los recursos naturales se agotan. Así que el único modo de sobrevivir es extendiéndose hasta otra zona. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón, ¿sabe cuál es? Un virus. Los humanos son una enfermedad, son el cáncer de este planeta. Son una plaga. Y nosotros somos la única cura.

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—Hola... Hola. Estoy buscando a mi mujer. Espera. Está bien. De acuerdo. Está bien. Si aquí es donde tiene que pasar, aquí será donde pase. No voy a dejar que te libres de mi, ¿qué te parece? Esta era mi especialidad, ¿sabes? La sala de estar. Me mandaban ahí y convencía a cualquiera. Y ahora es... No lo sé. Pero esta noche, nuestro proyecto, nuestra empresa, ha tenido una gran noche. Una noche muy, muy grande. Pero no era completa. No estaba ni siquiera próxima a poder acercarse a completa porque no podía compartirla contigo. No podía oír tu voz o reírme de ello contigo. Echo de menos a mi mujer. Vivimos en un mundo cínico, un mundo cínico, y trabajamos en un negocio de duros competidores. Te quiero. Tú me completas. Y acabo de tener...
—Cállate. Cállate... Ya me tenías con el 'hola'. Ya me tenías con el 'hola'.

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