DonCine

—Hola... Hola. Estoy buscando a mi mujer. Espera. Está bien. De acuerdo. Está bien. Si aquí es donde tiene que pasar, aquí será donde pase. No voy a dejar que te libres de mi, ¿qué te parece? Esta era mi especialidad, ¿sabes? La sala de estar. Me mandaban ahí y convencía a cualquiera. Y ahora es... No lo sé. Pero esta noche, nuestro proyecto, nuestra empresa, ha tenido una gran noche. Una noche muy, muy grande. Pero no era completa. No estaba ni siquiera próxima a poder acercarse a completa porque no podía compartirla contigo. No podía oír tu voz o reírme de ello contigo. Echo de menos a mi mujer. Vivimos en un mundo cínico, un mundo cínico, y trabajamos en un negocio de duros competidores. Te quiero. Tú me completas. Y acabo de tener...
—Cállate. Cállate... Ya me tenías con el 'hola'. Ya me tenías con el 'hola'.

DonCine

—Coronel, ¿ordenó el código rojo?
—¿Quieres respuestas?
—¡Quiero la verdad!
—¡¡Tú no puedes encajar la verdad!! Vivimos en un mundo con muros que deben ser vigilados. ¿Quién va a hacerlo? ¿Tú? Yo asumo más responsabilidad de la que puedas imaginar. Lloras por Santiago y desprecias a los marines. Tienes ese lujo. No sabes que su muerte, aunque trágica, salvó vidas. Mi existencia, grotesca e incomprensible para ti, también. No quieres la verdad porque en tu interior me quieres y me necesitas en ese muro. Nosotros hablamos de honor, código, lealtad, como fundamentos de una vida dedicada a defender algo. Tú lo tomas a broma. No tengo tiempo ni ganas de explicarme ante quien vive bajo el manto de libertad que proporciono y cuestiona mi modo de hacerlo. Deberías agradecerlo y seguir tu camino, o armarte y defender un puesto. ¡Pero me importa un carajo a qué creas que tienes derecho!
—¿¡Ordenó el código rojo!?
—¡¡Por supuesto que lo hice, joder!!

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