HinataWeasley

Y no sabía muy bien la razón. Estaba seguro de amarla, pero no era como yo he amado antes. Dormíamos juntos, teníamos sexo, me abrazaba cuando nos duchábamos  y a veces yo le preparaba el desayuno. La hacía reír pero sabía que en el fondo cultivaba una tristeza sempiterna que yo jamás podría entender. No lloraba, solo era contemplativa, y a mí me gustaba mirarla y llenarla de besos. Es una mujer fatídica y hermosa. Tiene el cabello larguísimo, sus ojos son malva y no tienen pupila. Contemplé todo esto pero seguía sin certezas, como había sido siempre. Entonces le pedí que se casara conmigo. No contestó enseguida. Giró el rostro apaciblemente y me miró con esos ojos velados y una sonrisa tenue. Ella sabía lo de sus ojos velados, sabía lo de los desayunos y las noches y el sexo y el amor.

Tomó mi mano , y apretó mis dedos entre los suyos.

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Soñar. Hanabi soñaba con la luna en lo alto, invisible entre la oscuridad densa. Soñaba con bosques que no existían, con prados de hierbas gentiles y sin insectos, con el murmullo lejano de los grillos y las luces titilantes de las luciérnagas. Se soñaba acostada y en paz entre ellos, soñaba que Kiba le lamía, le chupaba el clítoris y el alma, que se paseaba entre sus piernas con la barba corta picándole los muslos, como lo hacía en la privacidad de los cuartos. Soñaba las noches de invierno, de abrazarle la ropa para calentarse las manos. Hundir su cara en su pecho blando y absorber su silencio pensante. Soñaba besarle el cuello cuando se durmiera, soñaba los besos, que eran conversaciones, y mirarle de soslayo, cuando estaba sin ella y sonreía intrépido. Hanabi sueña, se obliga a volver a la realidad y sus ojos se fijan en la pared; en su puño izquierdo aprieta una rosa fresca.

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...y no soy de esas personas que anuncian en las redes cuando ha escrito algo nuevo. Digo que a veces me enorgullece, pero al instante la ilusión se desinfla como un globo. Lo que escribo es siempre un montón de mierda enrollada y sé que no puedo cambiar eso. "Escritor" me parece algo para personas inteligentes. Por no mencionar que la poesía gusta mucho más en estos días que unos relatos mediocres, y yo no hago poesía. Escribí dos poemas cuando tenía trece años y aun no puedo afirmar que eso tenga belleza alguna. La poesía en general me rehúye o yo le rehúyo a ella, nunca la entiendo porque soy corta de luces. Pero me gusta Pablo Neruda. Y esa canción llamada Patria. Y la verdad no sabía explicar por qué, si nunca he podido entender a las personas que aman a su país. Yo habría nacido en una islita del Pacífico si el nacimiento fuese cuestión de elegir.

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Te voy a contar algo que me pasó el otro día, estaba cayéndome de sueño entre aquellos ingenieros civiles. Futuros. En fin, cuando terminó la clase me acerqué al profesor, y al preguntarle lo que tenía en mente no pude quitar mi atención de los puntos negros de su nariz. Tal vez tenga que ver con eso de que me cuesta mirar a las personas. Él era un hombre bajito, de tez canela y cabello canoso. Tenía muchos puntitos, como una constelación. No cambió mi vida, no hay nada poético en los puntos negros. Los pensaba y los pensaba en esa nariz, como se piensan los amores grotezcos. Recordaba los pequeños granitos amarillos que son fuera de la piel y se aplastan como un pudín de pus entre las uñas. No hay nada de literario en ello. Y yo solo quería contarte de esos puntos negros que vi el otro día, así que vete a buscar conclusiones a otro lado.

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—Quiero estar contigo ahora.

Hanabi baja la cabeza, intenta no sollozar. Kiba no insiste, es una súplica vana. Sabe tan bien como ella que no hay remedio.

Hanabi, hija, hermana, y estudiante ejemplar, en su último año del colegio, con la cabeza volcada a los exámenes de admisión de la universidad. Kiba en el último año de su carrera, hasta el cuello en proyectos finales, trabajando a medio tiempo y aceptando la vergonzosa ayuda de su madre para sostenerse.

Y sucedió que, en medio de vidas abismales, se miraron.

—Tal vez llegue un momento en que podamos amarnos —se despide Hanabi, y no quiere mirarlo.

Un silencio ininterrumpido, una brisa fría, nocturna.

—¡Y... Corte! —Grita una voz lejana.

Kiba arruga el libreto de la emoción, Hanabi levanta la cabeza. Los demás actores y asistentes salen de los bastidores felicitándose, el director de la obra se deshace en vítores, Kiba y Hanabi se abrazan. La sala entera prorrumpe en aplausos.

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Cuando salimos del aeropuerto de Hartsfield el cielo ya era una oscuridad insondable, pero no me di cuenta hasta que sobrevolábamos Florida, y desperté de mi dormitar intranquilo para avistar por la ventanilla. Contemplé la red de luces incandescentes sobre el mar imaginario con esa sensación de tránsito momentáneo, de asombro desapercibido, de ser consciente de la magnificencia de este anglosajón americano.

Tres horas después nos aproximábamos al destino. La pantalla de enfrente mostraba la trayectoria del vuelo, las horas, las velocidades y temperaturas, y el dibujo del avión, que en el mapa era más grande que el país mismo. Descendimos.

El istmo no se perfilaba en esa misma noche densa que cubría Florida, brillando con su preciosa extensión de luces a lo largo de sus tierras. Era una masa informe, bañada por la bahía gris contaminada, y entorné los ojos, hasta que la distancia permitió distinguir pocas luces, lucecillas débiles y esparcidas, las luces dificultosas del tercer mundo.

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Kiba llegó a su casa, encendió las luces, se sirvió un trago. Se fue a la salita, tumbó latas vacías de cerveza y café sobre el sofá, se dejó caer con el peso de su día, de su vida solitaria. Suspiró con angustia, sin saberlo. Desde las penumbras vacilantes su mejor amigo apareció; Kiba se incorporó animado, sonriendo, olvidando. Pero Akamaru lo olisqueó, se dio la vuelta sin reclamos, se marchó en silencio sobre sus patas acojinadas.

No lo culpaba. Era inevitable que Hanabi estuviera en él.

La noche con ella se le caía encima. Tan breve, como si acabara de tocarla. Se reprochó haber recordado a Tamaki. Su apartamento le pareció ajeno. Comenzaba a extrañar esos tiempos sencillos, una vez más.

Se levantó por fin. Se marchó a su cuarto, se desvistió en la oscuridad, se quedó en calzoncillos. Se puso un suéter de algodón, se metió a la cama, quiso dormir, esperó.

Deseó con ansias que Akamaru llegara.

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Me di cuenta de que pensaba en ello como un elemento distante. Como una palabra de muchos días, como un término ajeno que debía buscar en la sabiduría del diccionario para comprender un poco. Me aprisionaba el mundo, me ahorcaban los dueños de mi vida y los deberes otorgados a cambio de la existencia. La misma lucha interna por desgarrar las cadenas, la desesperación por buscar mi nacionalidad verdadera en otros sitios.
    Pero el plenilunio me poseyó. Estuvo a mi lado todos los días, con su sombra silenciosa y mi pesadez ignorante; me acompañó, me miró caer dormida todas las noches, enroscada como un caballito de mar bajo las sábanas, para acurrucar el frío y las unicidades.
     Afuera era de noche y nevaba. Había mirado al cielo, un remolino gris indistinguible, y había extendido las manos para atrapar el hielo. En medio de una extenuación lánguida lo recordé de súbito, recordé el plenilunio de mis sueños.

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—Donde vives, ¿tienes bañera con agua caliente?

Asentí repetidas veces, apretando los labios. La ginecóloga, de corto pelo grisáceo y muchas arruguitas como grietas, me miró con sus expresivos ojos azules y prosiguió casi sin hacerme caso.

—Entonces llénala con agua tibia y te agachas para que te lave allá abajo, para que te limpie.

Desde hacía tiempo solo la escuchaba, como solo suelo escuchar al resto del planeta. Pero en el limbo vi la bañera del apartamento, esa tina grande y blanca que estaba curtida de mugre, de desasosiegos, de pelos y de orine, y me imaginé agachándome en ese prototipo de bañera, que era desconocida, estereotipada y no era la mía, pero que no podía ser otra que la mía, y me vi ahí a horcajadas como me decía mi mamá que había que orinar en los baños públicos, agarrándome de los lados, mientras la utopía del agua tibia me acariciaba el coño.

La doctora siguió hablando.

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Hanabi bajaba las escaleras a tomarse un vaso de agua cada vez que le apetecía, y lo hacía varias veces a lo largo de la noche. Era consciente de su salud. Pero era adolescente, tenía catorce años y bajar le daba pereza, así que le había pedido a su padre que le comprara un mini refrigerador para ese y otros menesteres varios. No se lo concedió. Porque, contrario a lo que la gente asumía, su magnate padre no le daba todo lo que ella quería, y Hanabi tuvo que tragarse el capricho dulce, y resignarse a la humanidad.

De modo que nada cambió, excepto que una noche se topó con Kiba, y otra, y otra, y nunca hubiera visto la palabra, las charlas, el bullying de después y mucho menos los piquitos embelesados, aquella noche en que le pinchó una cadera sobresaltándola y derramándole el vaso con agua, que por suerte era de plástico y ya casi no tenía agua.

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