HinataWeasley

Me di cuenta de que pensaba en ello como un elemento distante. Como una palabra de muchos días, como un término ajeno que debía buscar en la sabiduría del diccionario para comprender un poco. Me aprisionaba el mundo, me ahorcaban los dueños de mi vida y los deberes otorgados a cambio de la existencia. La misma lucha interna por desgarrar las cadenas, la desesperación por buscar mi nacionalidad verdadera en otros sitios.
    Pero el plenilunio me poseyó. Estuvo a mi lado todos los días, con su sombra silenciosa y mi pesadez ignorante; me acompañó, me miró caer dormida todas las noches, enroscada como un caballito de mar bajo las sábanas, para acurrucar el frío y las unicidades.
     Afuera era de noche y nevaba. Había mirado al cielo, un remolino gris indistinguible, y había extendido las manos para atrapar el hielo. En medio de una extenuación lánguida lo recordé de súbito, recordé el plenilunio de mis sueños.

HinataWeasley

Arkansas,  una isla en el mar turquesa de aguas impuras, una isla entre otras menores, un archipiélago de unidades dispersas. Arkansas tiene el cabello marrón oscuro, con las puntas café, que le nace de la coronilla en una melena de rizos apretados. Su piel es morena, que es oriunda del Pacífico, allá rondando los trópicos, y tiene los ojos inescrutables y grandiosos tras los amplios cristales de sus gafas de montura negra. Arkansas viste sencilla, pantalones ajustados y una camiseta, y tiene esmalte negro en las uñas y una pulsera de hilos en la misma muñeca donde se pone el reloj cuadrado. Se pasea por los pasillos de la universidad con su mochila colgada al hombro, ausente de la lírica de Baudelaire que se tatuó en la cara anterior del brazo; se camufla entre las impurezas del océano.

Arkansas mira sobre su hombro al mar, que ha lanzado un chiste, y sonríe con su boca de curvas sinuosas.

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