Poncela
Poncela
Enrique Jardiel Poncela
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Lo vulgar es el ronquido, lo inverosímil, el sueño. La humanidad ronca, pero el artista está en la obligación de hacerla soñar o no es artista.
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Nadie pudo saber de qué había muerto. Los médicos achacaron su fin a una embolia; Atanasio Gray, que conocía a su mujer bastante mejor que los doctores y que se había enterado de lo sucedido aquella tarde en el Club, comprendió que Betsy había muerto de una rabieta.

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¿Fue el desprecio de los bienes terrenos? ¿Fue un deseo de morir, fruto de desilusiones y de dolores ocultos? ¿Fue simplemente heroísmo? ¿O fue el gusto por servirme y el prurito de divertir, con emociones fuertes, mi vivir tedioso?
Lo ignoro; no lo sé… Pero es lo cierto que siempre que el chofer nuevo puso en movimiento el motor de mi coche ejecutó sorprendentes ejercicios llenos de riesgos y sembró el terror en todos los sitios por donde metió el coche: destrozó los vidrios de infinitos comercios, derribó postes telefónicos y luminosos, hizo cisco trescientos coches de servicio público, pulverizó los esqueletos de miles de individuos, suprimiéndolos del mundo de los vivos, en oposición con sus evidentes deseos de seguir existiendo; quitó de en medio todo lo que se le puso enfrente; rompió, deshizo, destruyó: encogió mi espíritu, superexcitó mis nervios; pero me divirtió de un modo indecible, porque Melecio V no fue un chofer, no: fue un simún rugiente.

Poncela

Por lo breve es... el tiempo de un respiro;
un relámpago; el cruce de una estrella;
un parpadeo; un goce; una centella;
una germinación; un beso; un tiro;

un do de pecho; un brindis; un suspiro;
una flor en un búcaro; una huella;
una amistad; lo bello de una bella;
una promesa; un éxito; un ¡te admiro!;

un convertirse en público un secreto;
un pasar de cadáver a esqueleto;
un naufragio; una rúbrica; una bruma;

un rubor; un crepúsculo; un asueto;
un eclipse; una boda; un sí; una espuma;
un amor; una dicha... y un soneto.

Poncela

Yo tengo unas ansias muy inexplicables,
resistir no puedo la vida vulgar...
Yo tengo unas ansias muy inexplicables,
pero, a pesar de ello, las voy a explicar.
Quisiera perderme en el «oceano»
a bordo de un yate francés o italiano;
quisiera, aun sabiendo lo difícil que es,
subir en dos saltos al monte «Everés»;
quisiera batirme a espada o a sable
con un conde ruso de sonrisa amable;
quisiera viajar en gasolinera
cantando una copla que aprendí en Utrera;
quisiera vivir un año en el Congo
con lo que me dieran de empeño del hongo;
quisiera poder ir a los teatros
llevando en el hombro subido un albatros;
pero nada de eso podré conseguir
según me ha anunciado ayer un fakir,
y, por más que sufra, me habré de aguantar
con seguir viviendo la vida vulgar...

Poncela

París... ¡París! Voilà Paris!
Asfalto azul y cielo gris
que se contempla vis-à-vis,
o, mejor dicho, tête-à-tête.
Aristocracia en flor de lis
hacia la Estrella y Saint-Denis.
Pueblo Burgués en La Villete.
Frauleins y niños. Y una miss
junto a una estatua del rey Luis
en un jardín. Voyons, Pierrette,
viens donc ici; ne sois pas bête!
Rue de la Paix. Hotel Claridge.
Puesto de libros. Casa Hachette.
Capas de piel de petit-gris.
Y en el «Casino» una vedette
mucho más vieja que el país,
a quien la gente llama «Mis-
tinguette».

Poncela

¡Oh! ¡Destino, que riges el ritmo de mi vida!
¡Oh! ¡Destino, que das el tono a mi existencia!
Dicen que hablo de prisa, cualidad maldecida,
que hace que el radioyente, pierda tiempo y paciencia.

¿Por qué no me das tú la calma necesaria
que tuvieron San Luis, el Santo Job y Arcadio?
¿No ves que estoy jugándome la vida a la contraria
cada vez que me toca conferencia en la Radio?

Yo, que quisiera hablar con claridad de cielo,
por lo visto, estoy siendo un as en el camelo,
y, según es costumbre en esta clase de ases,
me meriendo y digiero el final de las frases.

Dame tú claridad en la pronunciación
cada vez que me toque actuar en la emisión,
y si no claridad para excitar la risa,
dime al menos la causa de por qué hablo de prisa.

Poncela

En esa esquina, por las mañanas, pone su tenderete una churrera y vocea su mercancía; y por las noches, en el mismo sitio que la churrera, suelen colocarse dos individuos, con las gorras muy echadas sobre los ojos y atracan a todos los transeúntes descuidados. Es, pues, un rinconcito muy propio a la emoción.

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—¡Hay un matrimonio próximo, pollos! —advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.
—¿Un matrimonio?
—Un matrimonio, sí -corroboró Ramón.
—¿Tuyo?
—Mío.
—¿Con una muchacha?
—¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?
—¿Y cuándo ocurrirá la cosa?
—Lo ignoro.
—¿Cómo?
—No conozco aún a la novia. Ahora voy a buscarla…

Poncela

—Amigo mío... Usted me comprende...
—No sólo la comprendo —dije—, sino que no podría vivir tranquilo sin contemplar la luna reflejada en el fondo de sus ojos.
Me incliné hacia ella y miré al fondo de sus ojos. No se veía la luna, porque la tapaba yo con mi propia cabeza, pero me guardé mucho de decirlo.

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