Rodari
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Gianni Rodari
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El primer conocimiento de la lengua escrita no ha encontrado ningún itinerario más rico, más lleno de color y más atractivo que el de un libro de cuentos.
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Juanito Pierdedía, viajero y famoso explorador, llegó una vez al país de los hombres de mantequilla. Al sol se derretían, por lo que tenían que estar siempre a la sombra, y vivían en una ciudad en que en lugar de casas había frigoríficos. Por las calles los veía asomados a las ventanillas de sus frigoríficos, con una bolsa de hielo en la cabeza. En el portillo de cada frigorífico había un teléfono para hablar con el inquilino.
—Oiga.
—Diga.
—¿Con quién hablo?
—Soy el rey de los hombres de mantequilla. Todos de nata de primera calidad. Leche de vaca suiza. ¿Se ha fijado en mi frigorífico?
—¡Caramba, es de oro macizo! ¿Pero no sale nunca de ahí?
—En invierno, cuando hace bastante frío, en un automóvil de hielo.
—¿Y si sale el sol de improviso mientras Vuestra Majestad está paseando?
—No puede, no está permitido. Lo haría encarcelar por mis soldados.
—¡Buf!— dijo Juanito. Y se fue a otro país.

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Un día, en el expreso Soria-Monterde, vi subir a un hombre con una oreja verde. Ya joven no era, maduro parecía, salvo la oreja, que verde seguía.
Le dije: Señor, usted tiene cierta edad; dígame, esa oreja verde, ¿le es de alguna utilidad?
Me contesto amablemente: Yo ya soy persona vieja, pues de joven, sólo tengo esta oreja.
Es una oreja de niño que me sirve para oír cosas que los adultos nunca se paran a sentir; oigo también a los niños cuando cuentan cosas que a una oreja madura parecerían misteriosas...
Así habló el Señor de la oreja verde aquel día, en el expreso Soria-Monterde.

Rodari

—¿Cuánto pesa una lágrima?
—Depende: la de un niño caprichoso
pesa menos que el viento,
pero la de un niño hambriento
más que toda la tierra.

Rodari

Un día las monas decidieron hacer un viaje de aprendizaje. Camina que camina, se pararon y una preguntó:

—¿Qué es lo que se ve?
—La jaula de un león, el estanque de las focas y la casa de la jirafa.
—Qué grande es el mundo y qué instructivo es viajar.

Siguieron el camino y se pararon sólo al mediodía.
—¿Qué es lo que se ve ahora?
—La casa de la jirafa, el estanque de las focas y la jaula del león.
—Qué extraño es el mundo y qué instructivo es viajar.

Se pusieron en marcha y se pararon sólo a la puesta del sol.
—¿Qué hay para ver?
—La jaula del león, la casa de la jirafa y el estanque de las focas.
—Qué aburrido es el mundo: se ven siempre las mismas cosas. Y viajar no sirve precisamente para nada.

Claro: viajaban, viajaban, pero no habían salido de la jaula y no hacían más que dar vueltas en redondo como los caballos del tiovivo.

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El sol viajaba por el cielo, alegre y glorioso sobre su carro de fuego, lanzando sus rayos en todas las direcciones, a pesar de la rabia de una nube de humor de temporal, que rezongaba.

Despilfarrador, mano rota, regala, regala tus rayos, verás cuántos te van a quedar. En los viñedos cada grano de uva que maduraba sobre los sarmientos robaba un rayo al minuto, o también dos; y no había una brizna de hierba, o araña, o flor, o gota de agua, que no se tomase su parte.

Deja, deja que todos te despojen: verás como te lo agradecerán, cuando no tengas nada más para regalarles.

El sol continuaba alegremente su viaje, regalando rayos por millones, por miles de millones, sin contarlos.

Solamente al ocaso contó los rayos que le quedaban: y fíjate, no le faltaba ni si quiera uno. La nube, de la sorpresa, se disolvió en granizo.

El sol se zambulló alegremente tras el horizonte

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