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Esta es la ecuación de Dirac, y es la más bonita de toda la física. Ella describe el fenómeno del entrelazamiento cuántico, que afirma que "si dos sistemas interaccionan entre ellos durante cierto periodo de tiempo y luego se separan, podemos describirlos como dos sistemas distintos, pero de una forma sutil se vuelven un sistema único. Lo que le ocurre a uno sigue afectando al otro, incluso a distancia de kilómetros o años luz".

Curiosamente es lo mismo que ocurre entre dos personas cuando les une un vínculo que solo los seres vivos pueden experimentar. Todavía se desconoce cómo actúa esta relación a la que llamamos amor.

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El 23 de abril de 1972, Charlie Duke salió para el tercer y último paseo lunar de la misión Apollo 16. Durante el paseo, que llevó a cabo en el altiplano Descartes, dejó en el suelo una fotografía de su familia. La foto, envuelta en un sobre de plástico transparente, representaba a su mujer, Dorothy, y a sus dos hijos Charles y Thomas. La abandonó a pocos centímetros de la huella de su bota, que quedó marcada en el fino polvo lunar.

En 2019, 47 años más tarde, un explorador de la misión china Chang E7 visitó el suelo lunar en el mismo altiplano. Relató cómo sí pudo observar la bandera americana plantada en el suelo, así como los restos del módulo lunar. Observó las huellas de Duke, inmutadas por decenios. Pero allá donde esperaba encontrar la famosa fotografía, nada. Ningún rastro de la imagen en el paraje esperado ni en ningún otro sitio. La foto ya no estaba.

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—Va a ponerse malo. Verás lo que te digo.
—No tiene por qué. Le hemos vacunado, amamantado (que inmuniza) y alimentado como se debe. Tiene cuatro meses y aun no se ha resfriado ni una vez —le contestaba una y otra vez a ella.
—Ojalá, pero ya has escuchado lo que cuentan todos nuestros amigos: "Uy, en la guarderia se va a poner malito sin parar", "Preparaos porque vais a tener que ir a recogerle a menudo", "Las guarderías en invierno son un lazareto".

Y con esos auspicios tan devastadores llevamos al bebé. Efectivamente, no tenía buen aspecto el lugar. Niños tosiendo y estornudando todo el rato. Caras febriles y aire cargado de virus.
Pero a la semana ocurrió lo inesperado. Nuestro niño había contagiado a toda la guardería. De bienestar. Uno tras otro los pequeños habían dejado atrás toda enfermedad estacional y gozaban de óptima salud. Como cuando se dice "alegría contagiosa". En ese caso fue "salubridad contagiosa".

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El juguete del bebé colgaba sobre su cabeza. Osos voladores que sobrevolaban el espacio aéreo encima de la cuna. Una voz femenina grabada, dulce y maternal pero en absoluto natural, repetía unas pocas frases por el altavoz. Una y otra vez cada pocos minutos.
"¡Cierra los ojitos!"
"¡Hola, mi dulce bebé!"
Las instrucciones indicaban que era posible grabar otra voz. La de la madre, sugerían; el bebé se encontraría más a gusto al escucharla.
Sin embargo, sin prestar mucha atención a la funcionalidad, dejaron la voz de fábrica. Que seguía sonando incansable.
"¡A dormir, mi dulce bebé!" cantaba el programa nocturno, con músicas relajantes y frases alentadoras de sueño.
Pero una mañana los padres se quedaron boquiabiertos. Fueron a la cuna y la grabación ya no repetía lo mismo. Una voz débil y lejana nunca escuchada antes repetía algo que no habían oído hasta ese momento.
El bebé estaba despierto, sonreía curioso. [...]

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De los regalos que más aprecio, una camisa. Lo que suelo contestar a quien me pregunta "¿qué te gustaría recibir?" es "ropa, si es posible".
Pantalones o un jersey; zapatos, a veces. Pero lo que más me agrada recibir es una camisa.

La ilusión de quitar los alfileres de la prenda, y desdoblarla, airearla y ponerla. ¿Por qué lavarla, si ya viene limpia y almidonada de la casa?
Me la pongo tal cual, con esos pliegues cuadrados por delante, consecuencia de toda camisa que ha estado doblada y apilada junto a otras.

Y cuando veo a los adultos con esos típicos pliegues en la pechera, pienso en lo mismo. Que están orgullosos de la novedad, que se sienten como niños ese día. Disfrutando de su camisa sin tener que preocuparse de lavarla o plancharla; ilusionados por llevar puesto ese regalo lo antes posible.

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Nos queríamos. Siempre me decía que si no podía recogerla en coche, me dejaría. Yo no tenía coche y la paseaba con el de mi padre, que conseguía prestado a duras penas.
Eramos muy diferentes. Yo sin un duro, mal vestido, fumaba y bebía. Ella limpia, linda, perfumada. Una chica Chanel, pelo impecable y sonrisa entrañable. Pero el amor mueve montañas, y nosotros nos queríamos.

Siempre iba a buscarla en coche. Un día me invitó a su casa, parecía un museo: estatuas y pinturas por doquier. Tenía peces espadas que jugaban en la piscina.
No teníamos mucho en común. Pero el amor mueve montañas, y nosotros nos queríamos.

Un día el coche nos dejó tirados en medio de la calle. Le dije que me ayudara a empujar. Mi chica Chanel dijo que ni en sueño, que de eso nada. Ya que el amor mueve montañas, le dije que podía mover su culo y volver a casa andando.

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Salió a pasear por el rastro sin rumbo, pues era un día de esos en que se sentía solo y abandonado. Fue así que acabó en un anticuario. Un antro oscuro y polvoriento; todo pasillos y recovecos donde uno llega a ensimismarse entre gramófonos oxidados, libros malolientes y máquinas de escribir desdentadas. Allí encontró el chisme.
Era un navegador GPS; uno de los primeros, sin marca ni etiqueta que revelara su procedencia. A él, que adoraba la electrónica, le parecía una pieza mágica y se lo llevó casi regalado.

En casa lo encendió y empezó a trastear. "Llévame a Cuenca" tecleó en el interfaz, pero no funcionaba. "Toledo". Nada. "Burgos", "Pamplona" y "Sevilla". Como era de esperarse, no indicaba el camino. Entonces por juego y un poco por desolación, tecleó "Felicidad".
La pantalla oscureció de golpe. "Se habrá roto", pensó. Pero unos pocos segundos después una voz grabada sonó por el diminuto altavoz: "Ha llegado a su destino".

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Lo estábamos anunciando a todo el mundo. Al día siguiente, el gran evento. Habíamos recibido saludos y ánimos de amigos y parientes, cercanos y lejanos. Por carta, teléfono y wuasap.
Mi padre no estaba en la piel porque iba finalmente a conocer a sus nietos. Dos mellizos, ¡qué sorpresa cuando se lo anuncié! Él llamó todo excitado a la abuela por teléfono. Le dijo que todo el mundo estaba expectante, el parto estaba programado y al día siguiente celebraríamos el feliz evento. ¡Y qué evento!
La abuela —algo sorda— replicó al otro lado del aparato que donde estaba ella el tiempo era bueno y no hacía viento.
A veces mi abuela es lo más.

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Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost. ¿Qué desperdicio, verdad? Pero no había otra forma de hacerlo. He estado esperando la ocasión dos largos años. Dos largos años ahorrando, calculando sus movimientos y sus planes. ¿Y cómo tenía que ser al final? En un viaje de trabajo: él, en un vuelo low-cost. Pobre diablo.

Él, que me había jodido a mi y a mi familia. Él, que me había arruinado la existencia. Demasiado tiempo llevaba deseando este momento. No había sido fácil convencer a la compañía aérea, pero al final no hay nada que el dinero no consiga.

Por fin a solas.

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Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost. Esta vez me descubrirían. Cada día apretar, contener, ahorrar. Un vuelo más y una campaña de reducción de gastos distinta. Todo empezó quitando una aceituna de la ensalada, luego pasaron a vender latas de refresco que ni daban para un chupito.

Lo último que me habían exigido, ahorrar gasolina. Esto no es lo que había aprendido en la escuela de pilotos. Hay dos formas de ahorrar carburante. Volando bajo. O ahorrando peso.
Había escogido la segunda, aunque fuera soltando lastre poco a poco. Lastre, por llamarlo de alguna manera.

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