roololoo
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Gabriel Gutiérrez
Soy el chico que escribe cuando lo ve necesario. Soy el que escribe hasta dejar su mente en blanco y su corazón conforme.
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—¿Por qué me dices que lo lea, si dices que me arrepentiré, y que viviría mejor sin saber lo que dice?
—Porque la vida se trata de atormentar a las personas, ¿o no?
—No lo creo.
—Te explico: Vas a la escuela, tomas la clase, te dejan tarea y la haces. ¿Por qué la haces?
—Creí que ibas a explicarme. ¿Qué se yo? ¿Por qué me lo preguntas?
—Pues, por eso. Haces la tarea porque es necesario, porque, si no la haces, no tienes calificación.
—Ajá.
—Y ¿por qué necesitas esa calificación? ¿Por qué haces la tarea, si puedes obtener conocimientos por tu cuenta, y por ende, no tener que ir a la escuela?
—Porque necesito un certificado.
—No. La haces porque te gusta que te atormenten. Es como un juego. A los maestros les gusta jugar.
—Pues a mí no.
—Y por eso no lo lees.
—¿Qué gano con leerlo?
—¿Qué pierdes con hacerlo?
—No sé.
—Yo tampoco.

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La última de mis palabras fue un peculiar silencio.
No fue lo que yo había deseado decir, pero fue lo primero —o lo último— que llegó a mi cabeza.
Aunque, ¿puede un silencio tomarse como una respuesta? Si lo que yo buscaba era una palabra, ¿puedo decir que la última de ellas fue un silencio?
De ser así, la última de mis palabras habría sido el "gracias" que le di a la cajera de la tienda donde compré la soga que usé para colgarme.
Bien. Claro está que "gracias" no es una mala palabra.
Pero ¿a quién se la dediqué? ¿A la cajera?
Simplemente tonto.
Hay tantas cosas por decir, y cuántas palabras para hacerlo...
Más no puedo. Ya no.
La última de mis palabras fue un ruido sordo. Fue un peculiar silencio que anunció la hora de mi partida.
La última de mis palabras fue un adiós, un "hasta pronto". Pero nadie lo escuchó.

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Hacía mucho tiempo que no la veía sentada en el patio. Ella solía sentarse en el receso a leer alguna de esas novelas que tanto amaba. Yo la veía todos los días, fascinado, encantado. Ella era una verdadera maravilla; era todo lo que yo quería y no podía tener. Ella era una joven culta, educada... Una mujer de principios. Ella era hija de una familia noble, y por eso asistía a un colegio. Pero no era como las demás. Ella era hermosa, física y espiritualmente. Su voz me seducía con cada palabra que salía de sus tiernos labios. Ella tenía el poder de enamorarme. Yo amaba escucharla.
Todos los días, ella se sentaba a mi lado y leía alguna de aquellas novelas en voz alta. Yo la oía, muy atento. Ella era la única persona que me leía. Muchas de sus compañeras la creían loca, pues no era usual que alguien le leyera tan apasionadamente a un árbol.

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