sergioalarcon97

El carácter diabólico del instrumento consiste también en ese reiterado desafío a las estrellas, en esa pretensión de gozar a solas abrazando, en vez de otro cuerpo humano, un trozo de madera, cuya consistencia y sonoridad residen en el uso estratégico del vacío. Un vacío perfumado de resina, capaz de hacer brotar de la nada la belleza y el delirio.

¿No se trata acaso de una perversión demoníaca?

Y es el violinista quien de alguna u otra forma suele considerarse a sí mismo un semidiós, esa forma sagaz de incubar en el espectador sentimientos de sublime infamia: no hace sangrar los oídos por las notas altas, o por los bemoles repetitivos; los hace sangrar, porque ha de llegar al clímax de su preludio.
El violinista, finalmente, espera a que el viento traiga consigo, rocío del infierno (...).

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