sergioalarcon97

Se miraba al espejo mientras repetía: -"El hombre es un animal de costumbres."-

Ya había oscurecido, y era bastante inquietante tratar de persuadirlo, se trataba de alguna especie de ser escéptico sin indicio alguno de fe; simplemente: si su mente no podía explicarlo, sus ojos no podían verlo.
Su racionalismo innato, impactaba. Tenía prestigio, pero no poder. Sus palabras siempre eran un bálsamo para los atormentados, sin embargo, lo cuestionaba todo.
Y vivía así, aunque no lo considerase monotonía: una retahíla cruel y zalamera. No creía en dioses, ni seguía órdenes; era un estereotipo bastante modificado del "superhombre" de Nietzsche.

-"El mundo está viejo. Déjalo morir."-, se decía a sí mismo, como si nadie más pudiera darle respuesta. Lo cierto es que su raciocinio le había hecho psicológicamente superior a los demás especímenes del mundo.
Veía a la realidad, no como una atadura, sino como un regalo para entender el oscurantismo del hombre.

"Todos somos rameras mentales.", afirmaba.

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