sergioalarcon97

Le había regalado dos de mis joyas: un ejemplar bien conservado de la escritora Agatha Christie: "Telón, el último caso de Poirot." Posterior a ello, obsequié una perla de la prosa en primera persona: "Dulce de por sí" de la escritora italiana Dacia Maraini, de pura artística tonal. Maravillada, como llevada por un orgasmo eclesiástico, sonrió y desapareció emperifollada de obsequios.

Al día siguiente, me alertó:
-El día de hoy, amanecí con un malestar abismal, me siento contaminada, al borde de una muerte que oscila. No valgo nada. La gripe es un mal que abunda.-

A lo que respondí, con un toque artístico:
-Debe ser la decadencia de esos versos. Tanta empatía con lo trascendental, fue lo que te marchitó -la flor se ahoga con abundante agua-. El exceso es la esencia de un mal fortuito.
Ésta quizás sea la hipótesis de tu malestar galáctico.
Tanto éxtasis, puede derrumbar la fisiología del cuerpo.-
[...]
-El exceso, al final, siempre enferma.-

sergioalarcon97

No existe nada en el mundo que dure una eternidad,
hasta el sol pierde su brillo.
Algo de lo que no podemos escapar es de la incertidumbre amenazante, ésa es la esencia de todo nuestro decaimiento.

Si algo ha de estar bien, no se controla. Si algo ha de estar mal, desaparece.

Así es todo en la vida.
Descubrimos, entonces, que hasta las cumbres inician y finalizan en declive.
Y que en el nadir del vasto paisaje, en el último rayo de sol, ese único ser a quien veneras, incluso se puede transformar, en todo el vacío del mundo.

El exitus letalis, ese malestar sin fondo, no es más que el eterno retorno de ese recuerdo al que nos aferramos.

sergioalarcon97

Más desgarra un hombre,
Por efímero,
Que por mal amante.

sergioalarcon97

Se había transformado en una semi-diosa incipiente.
Su forma de vivir, le acercaba a los límites de la perdición terrenal. Un elixir de ataduras insurgentes habían esclavizado sus bases; le engañarían los deseos y las tentaciones.

Era señora de las perversiones mundanas. En sus ojos se destacaba la lujuria de la eternidad, sus labios exacerbaban la idea del pecado carnal y sus manos constipaban el claustro del devenir de los ocasos.

En la oscuridad, obstinada del mal del mundo, como si su cuerpo fuese una de tantas cajas de Pandora andantes; anhelando el vaho de sus deseos, sujetando en su cuello una daga de vestigios dorados y rocío de diamantes, con el toque de una rosa polar y el trasluz de un manantial infernal (...), sus ríos rojos ataviaban sus ropajes esbozando una excelsitud marginal; impregnada de un bermejo envolvente, un escarlata indecente, con sus sedas de candil carmesí; duerme ella tranquila, en su mundo de impudicia obscenidad. Lascivia vulgar.

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