sergioalarcon97

Hablemos de tus ojos,
Complejos,

En ellos están todos los secretos de las nubes, en el fondo, la esencia de los mares.
Un misterio de la eternidad, un madrigal de margaritas, una cofradía de girasoles.

Los ojos del león, de la hiena, del águila, del verano, de los metales, de las cumbres y las potencias.

Ojos que gritan, atacan y lloran, de los que apaciguan, anhelan y demandan.
Ojos asiáticos, finos, elegantes y ardientes.

Los ojos de los versos, de las retahílas, de las fábulas y de toda la literatura.

Los ojos del solfeo, del violín, del staccato y el pizzicato, del Violonchelo, de la guitarra, de la viola y la batuta.

Ojos que saben a música, a composición, a encanto, a plenitud.

Los ojos de Bochica, de Chía la luna, del sol, del día y la noche.

Los ojos que me encantan, que aún, me atrapan.

¡Qué digo ojos!,
[Más bien],
eternidades vivientes que emanan de su cráneo.

sergioalarcon97

El carácter diabólico del instrumento consiste también en ese reiterado desafío a las estrellas, en esa pretensión de gozar a solas abrazando, en vez de otro cuerpo humano, un trozo de madera, cuya consistencia y sonoridad residen en el uso estratégico del vacío. Un vacío perfumado de resina, capaz de hacer brotar de la nada la belleza y el delirio.

¿No se trata acaso de una perversión demoníaca?

Y es el violinista quien de alguna u otra forma suele considerarse a sí mismo un semidiós, esa forma sagaz de incubar en el espectador sentimientos de sublime infamia: no hace sangrar los oídos por las notas altas, o por los bemoles repetitivos; los hace sangrar, porque ha de llegar al clímax de su preludio.
El violinista, finalmente, espera a que el viento traiga consigo, rocío del infierno (...).

sergioalarcon97

Habitualmente se asocia al violín con el demonio. Hay algo insensato e inhumano en ese restregar obsesivamente las cuerdas de metal con un arco hecho de crines de caballo. Muchos instrumentos hacen lo posible por parecerse a la voz humana. El violín no. El violín parece querer imitar el ruido de las alas de los ángeles en vuelo. O tal vez el zumbido de las colas de los diablos que se hunden en el infierno.

Alguien ha comparado el ''Joeur le violon'', como dicen los franceses, con el acto de una prolongada masturbación. Efectivamente, hay algo en el gesto rápido, solitario, repetido y obsesivo del violinista que imita el crecimiento del placer, el juego (he aquí de dónde proviene ese joeur francés) de los sentidos atrapados. Por otra parte, lo denuncia el estado físico del violinista después de un concierto: empapado en sudor, exhausto, agotado, justamente como después del clímax sexual.

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